Hay sesiones que empiezan con todo a favor.
El escenario está precioso.
Los colores encajan.
La tarta está perfecta.
La luz es suave.
Y aun así… no sale como esperabas.
Hace poco me pasó.
De esas sesiones que se te quedan dentro.
“Si en casa siempre se está riendo…”
La niña llegó.
Una niña alegre, risueña, de las que siempre están sonriendo según me decían sus padres.
Yo ya tenía todo preparado:
el decorado montado con mimo,
el espacio pensado para ella,
la tarta colocada con cuidado.
La sentamos.
Y desde el primer minuto… llanto.
No un llanto puntual.
No un “me cuesta un poco adaptarme”.
Llanto continuo.
Y ahí empieza ese silencio incómodo que todos conocemos.
Las miradas.
Las preguntas sin decir.
👉 ¿Será culpa del fotógrafo?
👉 ¿Estará incómoda?
👉 ¿Le pasa algo?
Y aquí es donde quiero parar un segundo.
Porque hay algo que como fotógrafa tengo clarísimo, pero que a veces cuesta entender desde fuera:
👉 Puedo controlar el escenario.
👉 Puedo controlar la luz.
👉 Puedo controlar los colores.
Pero no puedo —ni debo— controlar a un bebé.
Para nosotros es una sesión de fotos.
Para ella es otra cosa muy distinta.
¿Qué siente un bebé cuando se sienta ahí?
Piénsalo.
La sentamos en un espacio que no conoce.
Con una persona que no conoce.
Rodeada de estímulos nuevos.
Con una tarta delante que no entiende qué es ni qué se espera de ella.
Y, de repente, se queda sola en el centro del escenario.
Para un adulto es “bonito”.
Para un bebé puede ser abrumador.
Y lo más curioso es esto:
la sacábamos del escenario…
y se reía.
Se calmaba.
Volvía a ser ella.
La volvíamos a sentar…
y volvía el llanto.
Ahí estaba la respuesta.
No era la tarta.
No era el fotógrafo.
No era que “no fuera una niña alegre”.
Era la sensación de estar ahí sentada.
¿Y si es el horario?
Pensamos que quizá el horario de tarde no ayudaba.
Y es verdad: para los más pequeños, la tarde suele ser dura.
Cansancio acumulado.
Sueño.
Menos paciencia.
Así que lo tuve claro desde el primer momento:
“No pasa nada.
Mañana volvemos.
Lo importante es ella.”
Porque para mí, una sesión Smash Cake nunca está por encima del bienestar del bebé.
Volvimos a intentarlo por la mañana.
Y sí, hubo menos llanto.
Pero la sensación seguía ahí.
No estaba cómoda sentada en el escenario.
Y ahí es cuando entiendes algo muy importante:
👉 No todas las sesiones Smash Cake tienen que ser iguales.
👉 No todos los bebés viven este momento de la misma manera.
Y no pasa absolutamente nada.

La perfección está sobrevalorada
Vivimos rodeados de imágenes perfectas.
De bebés sonriendo a cámara.
De sesiones ideales sacadas de Pinterest.
Pero la vida real no siempre es así.
Y te voy a decir algo desde el corazón:
👉 La perfección está sobrevalorada.
👉 La espontaneidad es lo que realmente emociona.
Las fotos de esa sesión no hablan de una niña “portándose mal”.
Hablan de una niña expresando cómo se sentía.
Hablan de unos padres acompañándola.
De brazos que consuelan.
De miradas que tranquilizan.
Y esas fotos, con el tiempo, son incluso más valiosas.
Porque esa también es su historia
No todos los primeros cumpleaños se viven igual.
No todos los bebés disfrutan el pastel.
No todos los recuerdos vienen envueltos en sonrisas.
Pero todos merecen ser contados.
Mi trabajo no es forzar una situación.
Es leer al bebé.
Escucharlo.
Respetarlo.
Y crear recuerdos reales.
Si estás pensando en hacer una sesión Smash Cake, quiero que sepas esto antes de venir:
No prometo fotos perfectas.
Prometo respeto, paciencia y verdad.
Porque ese momento —con risas o con lágrimas—
no se repetirá jamás.
Y merece ser recordado tal y como fue.
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